Cuaresma: entre fuegos y caminos – Sergio Falvino (Buenos Aires)

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El ser humano, siempre en camino a lo largo de la historia, ha tenido una doble actitud con respecto a su apertura a la trascendencia y a su relación con la Divinidad que lo acompañaron en su modo de pensar y actuar en la vida de todos los días.
La primera actitud del hombre, que se manifestó con distintos rostros según las épocas, tiende a cerrarse a la trascendencia, es decir, a subsumirla en la inmanencia a fin de persistir en el intento de ocupar -mediante sus propias fuerzas- el lugar de un eventual Ser Superior. Esta actitud lo llevó a menudo a desconocer la frontera de sus límites (en particular, el límite supremo de la muerte) y a tratar de ascender constantemente en un proceso de constante divinización.

Nos vienen a la mente -para acompañar esta actitud- dos ejemplos paradigmáticos de la cultura universal: uno, que se encuentraba ya en las tradiciones babilónicas, fue plasmado en el Génesis (Gn 11, 1-9); el mismo se refiere a la construcción de la Torre de Babel. Esta Torre fue un tentativo fallido, una construcciòn inconclusa del esfuerzo humano por llegar a ocupar el lugar de la Divinidad; y Dios castigó la conducta soberbia de sus constructores con la confusión de las lenguas.
El otro ejemplo, proveniente del mundo clásico, es el esfuerzo titánico de Prometeo por robar el fuego de los dioses con una caña para entregárselo a los mortales. También este comportamiento desafiante y presuntuoso (se halla aquí el concepto griego de “hybris” que también puede traducirse como ‘desmesura’ y que alude a un orgullo exagerado o confianza sobredimensionada en sí mismo), por parte de Prometeo, le hizo merecer el castigo divino.

La segunda actitud, es aquella del “homo viator”: del caminante, del viandante o peregrino quien, reconociendo sus propios límites y necesidades, y a pesar de las dificultades del camino, permanece firme en su confiada convicciòn de la existencia de Dios.
De este modo, podemos decir que el camino puede representarse como una carretera moderna, bien iluminada y fácilmente transitable, o bien, una via simple, angosta y polvorienta que nos encamina por senderos sinuosos, ríspidos, desconocidos en los que solemos movernos a tientas, poniendo nuestra confianza y esperanza en otro, en el Otro.
¡Éste es el sendero de la Cuaresma, el camino hacia la Pascua de Salvación! En ella se nos ofrece la oportunidad de volver a transitar una vía, de seguir las huellas que nos trazan el camino del Hombre de la Cruz, de rememorar su vida y revivir su muerte, a pesar de lo absurdo e irracional que el sufrimiento, el dolor y la muerte de cada ser humano pueda parecer. Así lo expresa el Papa Francisco en uno de sus últimos tuits: “La Providencia de Dios nos ofrece cada año la Cuaresma: la posibilidad de volver al Señor con todo el corazón y con toda la vida”.

Ahora bien, el Via Crucis del hombre creyente contemporàneo se encuentra atravesado por dos grandes carreteras abarrotadas y confusas, que acaban de ser definidas -desde el punto de vista cultural – como “neo-herejías”: “En nuestros tiempos, prolifera una especie de neo-pelagianismo para el cual el individuo, radicalmente autónomo, pretende salvarse a sí mismo, sin reconocer que depende, en lo más profundo de su ser, de Dios y de los demás. La salvación es entonces confiada a las fuerzas del individuo, o las estructuras puramente humanas, incapaces de acoger la novedad del Espíritu de Dios”. Y ademàs, agrega el texto, un cierto “neo-gnosticismo” que “presenta, por su parte, una salvación meramente interior, encerrada en el subjetivismo, que consiste en elevarse con el intelecto hasta los misterios de la divinidad desconocida” (Véase la reciente Carta de la Congregación para la Doctrina de la Fe, “Placuit Deo”, sobre algunos aspectos de la salvación cristiana de comienzos de marzo 2018).

De este modo, el Documento destaca cómo la cultura contemporánea intenta reducir la soteriología cristiana (el mensaje de salvación), como ya lo habían hecho el monje Pelagio (siglos IV y V d. C) y las distintas corrientes sincréticas del Gnosticismo en los primeros siglos del Cristianismo, a una práxis, una gnosis (conocimiento introspectivo de lo divino superior a la fe) o el sentimiento intenso, individual y subjetivo, de encontrarnos unidos a Dios, sin llegar a asumir, sanar y renovar nuestras relaciones con los demás y con el mundo creado.

Por este motivo, el Papa Francisco sigue afirmando que los cristianos no profesamos una religión ‘light’ o difusa, sino que nos encontramos íntima y personalmente unidos con Cristo, quien, con su encarnación, vida, muerte y resurrección, ha generado un nuevo orden de relaciones con el Padre y entre los hombres, y nos ha introducido en este orden gracias al don de su Espíritu, para que podamos – como enseña el Apóstol Pablo – unirnos al Padre como hijos en el Hijo, y convertirnos en un solo cuerpo en el «primogénito entre muchos hermanos» (Rom 8, 29).

En su Mensaje de Cuaresma, el Papa Francisco subraya esta situación ya a partir del título del mismo tomado del Evangelio de Mateo (Mt 24, 12): “Al crecer la maldad, se enfriará el amor en la mayoría”. Sorprende la frase, con tintes apocalípticos, elegida por Francisco, aunque podemos comprender que la maldad, es decir, el misterio de la iniquidad, prevalecen cuando los corazones se enfrían al intentar construir un mundo sin el fuego del amor misericordioso de Dios.

El Santo Padre alerta en las reflexiones del Mensaje cuaresmal, en primer lugar, sobre los “falsos profetas” o profetas estafadores que se ocultan detrás de los que ofrecen “un placer momentáneo, al que se le confunde con la felicidad”: la ilusión del dinero, el falso remedio de la droga, las relaciones de usar y tirar, la vanidad que se esconde tras la mentira y confunde el bien y el mal… Por eso, nos conseja: “Aprender a no quedarnos en un nivel inmediato, superficial, sino a reconocer qué cosas son las que dejan en nuestro interior una huella buena y más duradera, porque vienen de Dios”.
En segundo lugar, Francisco nos invita a evitar que el amor se enfríe y señala que “el rechazo de Dios” se convierte a menudo en una violencia con consecuencias inmediatas.

Así, por ejemplo, la caridad se enfría cuando se rechaza al “niño por nacer, el anciano enfermo, el huésped de paso, el extranjero, así como el prójimo que no corresponde a nuestras expectativas”. Esta frialdad se traduce también en dejadez en el cuidado de la creación y en la falta de “entusiasmo misionero” en las comunidades eclesiales cuyos efectos son “la acedia egoísta, el pesimismo estéril, la tentación de aislarse…”.
Por este motivo y para seguir el camino de la Cruz y atizar el fuego del amor de Dios en nuestros vidas, el Papa Francisco sugiere dedicarle más tiempo a la oración, puesto que es la vía para hacer que “nuestro corazón descubra las mentiras secretas con las cuales nos engañamos a nosotros mismos” ya que sólo desde el silencio orante se puede encontrar “finalmente el consuelo de Dios”.

Nos invita, además, a hacer de la limosna nuestro auténtico estilo de vida, desde el momento en que la limosna “nos libera de la avidez y nos ayuda a descubrir que el otro es mi hermano: nunca lo que tengo es sólo mío”. Y confirma: “Cada limosna es una ocasión para participar en la Providencia de Dios hacia sus hijos”.
Finalmente, el Papa recomienda dar sentido a la tradicional práctica del ayuno de Cuaresma como un gesto que “debilita nuestra violencia, nos desarma, y constituye una importante ocasión para crecer”.

De esta manera, manifiesta la convicción de que el ayuno ayuda a todo cristiano a experimentar “lo que sienten aquellos que carecen de lo indispensable y conocen el aguijón del hambre”. “El ayuno nos despierta, – agrega – nos hace estar más atentos a Dios y al prójimo”, dado que es “Dios es el único que sacia nuestra hambre”.
La vida humana se encuentran hoy en día en una continua tensión entre fuegos y caminos. El hombre actual se encuentra ante una encrucijada y el mejor servicio que podemos ofrecerle es el de indicarles y dar testimonio del camino que, aunque Via dolorosa, da sentido profundo a nuestras vidas e ilumina nuestra existencia; el mismo puede encender el fuego del verdadero Amor en los corazones de quienes lo buscan con una mirada transparente.